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Domingos cristianos en Berlín

Las hechuras de Berlín son colosales. Las bombas despejaron la ciudad durante la guerra y el número de sus habitantes quedó mermado de forma dramática. Entre 1944 y 1945, perdió un millón y medio, y a día de hoy todavía no ha alcanzado las cifras de sus mejores años. Con una población similar a la de Madrid, ocupa una superficie 1,5 veces mayor que la de la capital española y, por poner la lupa en algún sitio, su alcantarillado se alarga el doble de kilómetros.

En Berlín, de momento, hay sitio para todos y para todo, especialmente cuando la semana hace amago de irse por el sumidero del tedio. Los sábados cuesta frenar el tráfago de la vida laboral. Hasta hace muy poco tiempo muchas tiendas y supermercados cerraban poco después del mediodía, entre la una y las cuatro. Esto obligaba a concentrar las compras en un momento muy determinado del día. Poco a poco los horarios se han ensanchado, los berlineses se relajan y su tiempo de ocio adquiere una ductilidad muy cómoda y agradable. El final del sábado, pues, puede adquirir una profundidad etimológica más consistente. La noche, saturnal, no tiene por qué morir.

La ciudad dominical se despereza con calma. Es un placer conducir a primera hora de la mañana por una ciudad larga y ancha y casi vacía, con la excepción de algunos residuos nocturnos que tratan de regresar a sus casas con paso vacilante. Quienes han descansado gustan de remolonear en casa, desayunar tarde o preparar los ritos habituales de los domingos en Berlín. Los hay que musculan sus gemelos en paseos fieros por los bosques y los lagos que circundan la ciudad.

A Christopher Isherwood le sorprendieron mucho en su día las desarrolladas pantorrillas de las teutonas, y todavía hoy causan admiración, embutidas y moldeadas en telas térmicas fabricadas con las tecnologías más punteras. Una versión más cómoda del Wandern, esta modalidad de caminar como un tanque, es la del vulgar paseo, sin objetivos especialmente comprometedores. Basta acercarse con los críos, si los hubiere, a cualquiera de los más de mil ochocientos parques infantiles de la ciudad (con cerca de dos millones de metros cuadrados), o pasar el tiempo en los mercadillos que extienden sus toldos en algunas de las plazas inabarcables de Berlín. La concentración de gente es apabullante, tanto de los visitantes como de los vendedores. Por un módico precio, cualquiera puede alquilar un puesto y llenar una mesa con los cachivaches que sobran en casa. A los niños les gusta mucho sacar unas monedas a cambio de sus juguetes mordisqueados; los mayores tasan con mucho aplomo batidoras viejas, jerseys raídos o tazas desportilladas, y no es raro ver a algún español vendiendo gazpacho o tortilla. La cuestión es pasar el rato y rememorar de forma inconsciente la placidez de lo trashumante y de lo efímero. Quien no llena el buche en esos sitios con las salchichorras o las patatas fritas en grasaza y enterradas en la bahorrina blanquirroja del kétchup y la mayonesa, puede cumplir con otro de los ritos que se van imponiendo de forma inexorable: el Brunch. Es una forma de comunión fraterna, de reunión alrededor de la olla atávica. Los amigos y las familias se reúnen a comer en los bares y restaurantes del barrio, repitiendo los platos cuantas veces crean necesario por no más de diez euros por barba. El murmullo de las conversaciones casa muy bien con el color trigueño de las cervezas. Son un todo indisoluble que, de no hacerse a la hora de comer, se puede relegar a la de la cena, donde en muchos bares ponen en la televisión la serie criminal Tatort, en antena desde la década de los 70. En estos últimos años se ha convertido en algo habitual verla fuera de casa, con los amigos.

La lasitud del domingo se puede vencer de cualquier forma imaginativa. Berlín fue una ciudad partida en dos y desde la caída del muro lo ofrece todo por duplicado, como si se desdoblara un papel dibujado en tinta, ofreciendo una forma simétrica a cada lado: dos óperas principales, dos zoológicos… El próximo domingo de Adviento, el día 6 de diciembre, los berlineses pueden elegir entre los ciento cincuenta museos de la ciudad, las más de trescientas salas de cine, los casi ciento ochenta eventos musicales (ochenta de ellos de música clásica), trescientas sesenta y cinco exposiciones e instalaciones artísticas, las ciento ochenta representaciones teatrales de todo tipo, o las ciento cincuenta excursiones, tours turísticos o mercadillos. De todo ello, ciento ochenta actividades están pensadas para un público infantil.

La época en la que estamos ofrece algunos alicientes más. Entre ellos los mercadillos navideños donde calentarse con Glühwein, el vino caliente y especiado capaz de espabilar al más enclenque. Y, quizás, como recurso más inhabitual, todavía no arraigado como norma, ir de compras los domingos de Adviento. Desde 2006 la ley permite que los comercios abran estos días. No obstante, el Tribunal Constitucional ha declarado parcialmente anticonstitucional la legislación sobre la apertura de comercios en domingo. El artículo 139 de la Constitución alemana, redactada el 11 de agosto de 1919, exige que los domingos sean de descanso y de seelische Erhebung, esto es, recogimiento espiritual. Quizá deban los berlineses agruparse en las cuatrocientas sesenta iglesias cristianas de la ciudad, muchas de ellas decrépitas, especialmente en el este. Aunque es de temer que no quepan todos.

Sergio Campos es escritor.

Correspondencia

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  • marquesdecubaslibres
    01.12.2009

    Sergio Campos es escritor, pero de los buenos.

  • barley
    01.12.2009

    barley Muy bien, Sergio, me parece usted un tremendo escritor.

  • El Crítico Constante
    01.12.2009

    Bonito artículo, Brema. Lo Cortés no quita lo Pizarro.

  • Anónimo
    02.12.2009

    ¡Seelische Erhebung! ¡Eso no es un artículo; es un minarete! ¿Las hechuras de Berlin serán las de la constitución alemana? ¡Bien empieza lo que mejor acaba!

  • Ignacio Olmos
    05.12.2009

    Espléndido y delicioso artículo. Cuantos hemos vivido en esa fantástica ciudad podemos reconocer cómo Sergio Campos ha sabido tocar brillantemente el nervio cotidiano de Berlín, su luz, su sentido del tiempo, sus cielos negros a lo Fritz Lang, sus espacios familiares e inabarcables: como Alemania pasó del burgo al imperio sin detenerse en la nación, así pasa Berlín, desconociendo la ciudad, del barrio al universo. Enhorabuena.