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"Unas sinyales"

Auschwitz es un mausoleo vacío, un sepulcro sin cadáveres, un cementerio sin tumbas. Hoy, destino de los convoyes turísticos, cientos de autocares vacían sus tripas en el estacionamiento del museo cada año. La entrada es gratuita. Pese a ello los ingresos obtenidos gracias a los visitantes (tres millones trescientos mil euros en 2008) suponen casi un cincuenta por ciento de lo recaudado anualmente, gracias a las visitas guiadas, al estacionamiento, los puestos de bocadillos y refrescos o a las diferentes librerías diseminadas por todo el complejo.

Si el clima es benigno, caminan entre los bloques de ladrillo pardo decenas de chicas en top y shorts, turistas con ropa de colores ofensivos, jóvenes desenvueltos. La visita no parece ser el ritual que marque la cadencia de un "encuentro existencial con la historia", tal y como dice Imre Kertész citando a Rudolf Bultmann. Hay quien profana los espacios cuyo paso no está permitido y quienes fotografían dentro de los bloques, algo expresamente prohibido. Son los ejemplares del turismo lanar, ansioso por encapsular en sus cámaras todo aquello que no saben ver en ese mismo momento: las urnas con miles de gafas, las innumerables maletas, los utensilios de cocina o los cientos de zapatos, botas y zuecos. Las ropas de niños, las fotografías de mujeres esqueléticas, los paneles explicativos. Pero en general se mantiene un silencio introspectivo. Las miradas pueden ser adustas y hay ojos bellos que intentan traspasar la densidad del tiempo y la incomprensión. Fuera del bloque once, la cárcel del infierno, llora alguna chica, otros ríen y hay quien se abraza y se besa. Es lo natural, y no cabe hacer alegorías vacuas. En el bloque que alberga el archivo quizá haya algún investigador rebuscando entre fichas, documentos y fotografías. No hay cartel que señale que fue el burdel del campo.

En mayo de este año se cumplirán los setenta de la construcción del primer complejo de Auschwitz. Un año después se construiría Auschwitz II-Birkenau, a unos tres kilómetros del primero. Birkenau decanta el turismo. No todos los visitantes hacen la ruta completa y muchos de ellos vuelven al autocar después de haber visto solamente Auschwitz I. La puerta de Birkenau dibuja el perfil que se ha convertido en manoseada insignia del dolor. Se traga las vías levantadas en 1944 para agilizar el ritmo de los asesinatos. Antes, los trenes paraban en la Judenrampe, un andén rústico situado a caballo entre Auschwitz I y Birkenau. Muy pocos lo visitan. Un vagón recuerda las condiciones del transporte de aquellos seres humanos. En 2009 el museo adquirió otro para Birkenau en memoria de los judíos húngaros que fueron trasladados al campo. Muchos de ellos murieron gaseados antes de pisar los barracones.

El campo se extiende, atroz. Dividido aún por alambradas, como hace setenta años, en la zona de cuarentena se han reconstruido algunas de esas barracas agropecuarias. La imaginación hace el resto. Si se ha leído sobre ello, en la mente puede surgir el resto; al final, los crematorios, hoy en ruinas, junto al monumento que conmemora la barbarie. Se alza gris e insulso. No hay representación abstracta que pueda asumir el significado de tanto dolor. Basta con el campo en sí mismo, su trazado estrictamente racional, la fábrica delineada con pulcritud y precisión. Es la asepsia de los planos, la desinfección de la tinta sobre el papel proyectada sobre una llanura junto a los bosques. Ahora que no hay cientos de deshumanizados hollando la tierra, crece la hierba. Pero en su día todo era barro, mierda y enfermedad. Y quien por allí deambula tratando de entender, está pisando el mismo suelo que pisaran Liana Millu, Aly Herscovitz o Imre Kertész.

Si pisamos Birkenau deberíamos leer a Kertész: “al menos una vez en nuestras vidas intentamos imaginar qué ocurrió en el siglo XX e intentamos identificarnos con el ser humano al que le ocurrió todo eso, o sea, con nosotros mismos. Sólo llegando al extremo de este trabajo de identificación y allí, en ese último punto, llegando con nuestro último esfuerzo a la conclusión de que no entendemos nada, podremos afirmar haber conseguido comprender algo de nuestra época: habremos comprendido que es incomprensible” (Ensayo de Hamburgo).

Es difícil saber qué piensan quienes deambulan por el campo de exterminio. No es difícil encontrarse con grupos escolares de Israel. Refulge su bandera sobre el color oscuro del suelo, sobre el verde de los pinos del fondo. Quizá hayan hecho el recorrido completo del campo, lo que lleva no menos de seis horas. Los visitantes caminan dispersos durante ese tiempo, pero muchos suelen coincidir al pie del monumento memorial. Unas grandes placas se asientan a sus pies. Cada una con la misma frase escrita en todos los idiomas de quienes murieron aquí. Unos españoles se preguntan por la escrita en ladino. “Ke este lugar, ande los nazis eksterminaron un milyon i medyo de ombres, de mujeres i de kriaturas, la más parte djudyos de varyos paizes de la Europa, sea para syempre, para la umanidad, un grito de dezespero i unas sinyales. Auschwitz-Birkenau, 1940-1945”.

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  • Anónimo
    14.01.2010

    Excelente Brema, excelente. Da gusto leerle.

  • Txus
    14.01.2010

    Muy bueno. Desde Google maps, el campo aparece como una sucesión cartesiana de pequeños rectángulos. Como tumbas.